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El muerto del confesionario

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El muerto del confesionario

El muerto del confesionario data de inicios del siglo XX, y narra la historia de un hombre que buscaba ser absuelto de sus pecados de esta vida.

Una parte de testimonios y la otra de la tradición popular la ha elevado a la categoría de leyenda de la bella ciudad de Loja.

En los albores del siglo XX era párroco de San Sebastián un sacerdote ilustre, sabio y virtuoso, el Dr Eliseo Alvarez quien recorrió campos y poblados recogiendo limosnas para la edificación de la actual iglesia de San Sebastián y por lo tanto a él se debe la realización de esa obra así como la instauración de la feria religioso comercial del 8 de diciembre, aniversario de la Fundación de Loja.

El muerto del confesionario

Cuando el presbítero Dr. Eliseo Alvarez envejeció, perdió la vista y se quedó casi ciego, de modo que ya no podía trabajar y pasaba la mayor parte en la iglesia de San Sebastián ya sea orando delante del altar o sentado en el confesionario aliviando la conciencia de los fieles.

Era muy fácil encontrarlo a toda hora del día, e inclusive la noche entera del jueves santo fecha especial a la que hoy concurren la mayor parte de los fieles católicos para borrar sus pecados mediante el Sacramento de la Penitencia.

Y fue precisamente en la noche de un Jueves Santo cuando ocurrió lo inesperado.

Faltaban pocos minutos para las doce de la noche cuando salió en último penitente que se había reconciliado con Dios y el sacerdote iba a levantarse del confesionario porque creyó que ya no había más personas a quienes prestarles su ayuda espiritual cuando escuchó una voz desde el otro lado de la rejilla del confesionario, la cual le dijo:

!Padre, quiero confesarme!

Creí que ya no quedaba nadie en la iglesia…

Efectivamente así es. Ya no queda nadie en la iglesia.

Y usted…entonces… ¿Quién es…?

Yo soy un alma de la otra vida. Un hombre que murió hace tiempo sin poder confesarse y especialmente sin poder arreglar un grave asunto de conciencia…

¿Y ahora qué es lo que desea?

¡Quiero que me confiese!

Nadie supo que le dijo el muerto al sacerdote, pero en cambio trascendió en los medios eclesiásticos y luego en toda la ciudad que al día siguiente fue el Dr. Eliseo Alvarez a consultarle al señor obispo el grave asunto que le había planteado esa alma de la otra vida y cuya respuesta debía llevarle esa misma noche a las 24 horas al confesionario de la iglesia.

Después de cenar fue el santo sacerdote a sentarse en el confesionario y al sonar las campanadas de la media noche oyó la voz del muerto que le decía.
¡Ya estoy aquí¡

¡Muy bien! Le contestó el sacerdote

¿Me trajo la respuesta del Señor Obispo?

¡Si!

Ya lo sabía y sé también cuál es la respuesta.

Entonces… ¿Por qué has vuelto?

Porque necesito que me absuelva.

Comenzó el sacerdote a rezar en latín las palabras que rompen las cadenas del pecado y cuando terminó sintió que ya nadie estaba en la iglesia.

Sin embargo, haciendo un gran esfuerzo preguntó.

¿Aún está aquí?

Nadie respondió.

Entonces salió del confesionario y tomando su bastoncillo de no vidente, fue arrastrando los pies hasta llegar a la Sacristía, en donde tocó la campanilla para que acudiera alguien a llevarlo hasta su habitación en el Convento.

A poco de este extraño suceso y agobiado por la edad y por las emociones que le causó haber confesado a un muerto, falleció el Dr. Eliseo Álvarez y todos dijeron que fue una gran persona, casi un santo y un gran patriota, motivo por el cual su esclarecido nombre con justicia fue puesto a una prestigiosa escuela lojana.

Datos Interesantes

El 8 de diciembre de 1906 durante la feria religioso-comercial por las fiestas de la ciudad de Loja, sufrió lo que se conoce con el nombre de «Saqueo del Ocho».

Por orden de una alta autoridad que, apremiaba porque no llegaban las cuotas del gobierno para el rancho (comida de los soldados) que servían al ejército acantonado en esta plaza, en vez de acudir a medios lícitos e inclusive a la filantropía de nuestra sociedad que siempre dio muestras de magnanimidad, ordenó a la soldadesca que procediera a «saquear la ciudad por el lapso de dos horas».

Como es fácil de imaginar, aquella tropa hambrienta prácticamente se desbocó y arrasó la ciudad tanto en el aspecto material como moral, de modo que después de ese atrevido crimen lo único que le faltó a Loja fue arder igual que Roma en tiempos de Nerón para que así se lave y se purifique tanta miseria, pues los soldados no sólo robaron todo lo que pudieron, especialmente en las casas de las familias más acomodadas, sino que muchas mujeres fueron violadas y casi toda la gente ultrajada de una u otra manera.

Por no con poca razón la voz de Loja se levantó altiva y pidió todo el rigor del castigo especialmente para la autoridad que dio esa orden fatídica.

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